martes, abril 24, 2007

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Habent sua fata libelli (Tienen su destino los libros)
Hemistiquio del verso 218 del Carmen Heroicum (verso heroico) de Publio Terencio Mauro (siglo I d.C.). [1]

Hace unos meses le escribí un correo electrónico a una amiga muy cercana, contándole que mi casa estaba en remodelación y que el momento que aguardaba con mayor ilusión era desempacar las cajas de libros que llevaba años soñando con tener agrupados en un mismo lugar. En su respuesta a mi correo, mi amiga me preguntó: “¿conoces el texto de Benjamin que se llama algo así como "Unpacking my library"? – te lo recomiendo.” Debido al caos que implica un trasteo y una remodelación, el día tan esperado de ubicar los libros en su lugar llegó y aún no me había leído el ensayo, a pesar de que el título me había quedado sonando. Para las amistades a distancia, la tecnología está al alcance de la mano, pero ante la relación con los libros aún mantenemos ese placer íntimo de tomar libro por libro, recorrerlo nuevamente, recordar su origen y buscarle un lugar propicio en las estanterías. Finalmente rastreé el texto de Walter Benjamin y una de las frases más acertadas del ensayo dice: “Property and posesión belong to the tactical sphere”. Los dedos son quienes más disfrutan de una biblioteca, ya sea desempacándola o recorriendo los lomos para buscar algún tomo o solo para traer a colación los recuerdos que uno a uno atamos a cada volumen.

En el momento de desempacar, surgieron libros que incluso se me había olvidado que tenía, otros, comprados recientemente que ni siquiera había leído y había tenido que empacar todavía envueltos en plástico, y luego aparecieron los libros que han sido una constante de la vida. Aquellos libros que desde pequeños hojeamos y que junto con los textos más eruditos hacen parte de nuestro mundo bibliófilo. Esa es una de las magias de los libros, que el libro que me enseñaba a dibujar figuras utilizando como estructura mis huellas digitales puede hoy en día sentarse junto a la colección de Obras Completas de Ortega y Gasset. Es aquella diversidad la que nos permite crearnos una identidad propia con respecto a nuestra biblioteca, aquella misma diversidad que sabe que al elegir un libro al azar pueden caer de él fotos o recortes de todo tipo y de toda época. La identidad que construimos por medio de los libros que nos acompañan es tan fantástica como frágil, de ahí lo terrible que es la pérdida de un libro. Es la posesión de ellos la que nos permite aferrarnos a los momentos de la vida en que cada libro llegó a nuestras manos. Qué fantástico que es abrirlos y encontrar nuevamente el Exlibris, la fecha o el lugar en el que conmemoramos su llegada a nuestras manos. Algunos han sido regalos, otros, adquiridos con mucho esfuerzo, y otros encontrados en ciudades que quedan enmarcadas por tal libro de tal autor y con el lomo de tal color que podríamos reconocer desde el otro lado de la habitación que los aloja.

Aquel sentido de propiedad y de poder que nos transmite no solo el libro sino los libros en su conjunto, en estanterías, en mesas de noche o en bibliotecas, es el sentido de posesión del coleccionista, de aquel que se vanagloria de conocer la historia y la procedencia de cada objeto. Caminar frente a nuestra biblioteca y observar cuidadosamente cómo los libros se recuestan unos contra otros es un ejercicio necesario de reconocimiento permanente. Libros que si estuvieran clasificados por algún sistema jamás estarían sentados hombro a hombro, pero que por ser nuestra biblioteca, aquella de la que solo nosotros somos bibliotecarios, cobran mucho sentido en aquel perfecto orden que surge del caos temático o alfabético en la que los hemos organizado. Al principio de su escrito Benjamin dice: “Every passion borders on the chaotic, but the collector´s passion borders on the chaos of memories.” Ese babel de reconocer en cada lomo un momento de nuestras vidas, un lugar puntual donde leímos ese libro, o una relación atada a las palabras inscritas dentro de él, es el placer de recorrer nuestra biblioteca en una noche de desvelo.

La biblioteca es el santuario que aloja la tranquilidad de saber que siempre que queramos nuestros libros están allí, que no se mueven ni se cambian de lugar cuando se aburren de estar junto a aquel libro con quien no se identifican ni se entienden. Los libros mantienen sus convicciones firmes y nos dan la certeza de que mañana aun estarán ahí. Su fascinante contenido del cual nos enamoramos la primera vez sigue siendo el mismo, y aquellas frases que subrayamos para no olvidar nos esperan con las páginas abiertas. Unos, son libros que no volveremos a mirar ni a hojear, pero que por esa misma relación de olvido, están ahí presentes, y si llegaran a faltar lo notaríamos inmediatamente. Como dice Pennac: “Es una tristeza inmensa, una soledad en la soledad, estar excluido de los libros- incluidos aquellos de los que se puede prescindir.”[2]

Ahora, leyendo el verso completo de Publio Terencio Mauro, “Habent sua fata libelli”, entiendo que la inteligencia está en el reconocer nuestro propio destino con nuestros libros, y que en ese reconocimiento se oculta el entendimiento de cómo es que nos vemos reflejados en ellos y ellos en nosotros. Para quienes los libros son parte de su vivir, es comprender que ellos construyen gran parte de nuestro imaginario y que es en la respetuosa convivencia con ellos donde encontramos respuestas a muchas de las inquietudes más constantes de nuestras vidas.
[1] Habent sua fata libelli: El verso completo dice: Pro captu lectoris habent sua fata libelli (según la inteligencia del lector tienen su destino los libros); significa que, aun en el éxito de un libro, es la suerte o destino un factor importantísimo. Vocabulario Jurídico Latino. www.ucsm.edu.pe

[2] Pennac, Daniel. Como una novela. Ed. Norma. Bogotá, 1996

Publicado en: Revista Demente. Bogotá, Colombia. Abril de 2007


La salvaje aventura de estar demente

En octubre de 1893, habiendo regresado a París tras su primer viaje a Tahití, Paul Gauguin escribió una carta a su esposa Mette en la que hacía referencia a un libro que estaba preparando sobre su experiencia en la isla para así poder facilitar al público la comprensión de su pintura. Al final de la carta el pintor se despidió de la siguiente manera: “Pronto sabré si fue un acto de locura ir a Tahití.”[1]

Locura, delirio, desvarío, insensatez y demencia son todas palabras utilizadas por aquellos hombres que no entienden los actos osados de otros, hasta el punto de lograr que los valientes duden de su cordura. Llamaron salvaje a Gauguin cuando insistía en huir y buscar un lugar en el mundo donde las posibilidades pictóricas fueran enormes y donde el artista pudiera sentirse nuevamente en el origen del mundo, ese origen entendido como el lugar donde la unión cósmica entre hombre y naturaleza aun no había sido rota. Salvaje se llamó a si mismo el artista, quien en la lucha por transmitir su búsqueda sucumbió en parte a la locura y en parte a la fascinación. Un mes antes de su muerte, escribió a su amigo Charles Morice: “Estabas errado al decir que me equivocaba cuando me llamaba a mi mismo salvaje. Sin embargo esto es verdad: soy un salvaje.”[2]

Las connotaciones del adjetivo son infinitas, pues lo que para los parisinos era peyorativo, inferior y absurdo, para Gauguin era un mérito. Era poder fundirse con el objeto mismo de la naturaleza que estaba viviendo. Era creer en ritos, mitos y mundos más allá de los del continente europeo que lo había visto cambiar la piel de banquero a pintor; el verdadero artista huye de los límites que le ha impuesto su mundo circundante y pretende cambiar la piel: “Las auténticas fronteras te hacen serpiente: debes cambiar la piel de tu pasado para avanzar.”[3]

Gauguin encontró en su huida al Pacífico Sur la frontera que debía cruzar. Fue gracias a ese viaje osado que este hombre pudo transmitir al mundo el color como fuente de toda inspiración. En Tahití, Gauguin creía en sí mismo, creía en el arte, creía en las formas y creía más que nadie en su Arcadia pictórica. El viaje de un artista así, representa todas aquellas mutaciones y cambios que suelen ocurrir en un traslado sobre el que se han puesto tantos deseos y sueños. Este fue un viaje creativo, fue un viaje cuyo detonante partió de la travesía física, pero cuyas implicaciones internas y artísticas viajaron más allá de lo que era una isla del Pacífico en esa época. Es debido a ese desplazamiento que el mundo visual se volvió enorme, que los colores se multiplicaron y que el ímpetu creador se volvió arrollador y explosivo.

Si este viaje y este encuentro fueron las causas que llevaron al pintor Tahitiano a la categoría de salvaje, loco o demente, entonces ¿cómo llamaríamos a aquel artista que no ha tenido la osadía de moverse de la comodidad y seguridad de su taller? Si ser calificado así es el precio que se paga por abrirse al mundo, por permitir al alma empaparse de momentos, paisajes, luces y formas únicas, entonces pienso que la condena es leve. Pienso que aquel al que llamamos salvaje y demente es el más cuerdo de todos, pues es quien ha tenido la fortaleza y el valor de saltar al vacío.

La etimología de demencia nos ratifica que demente es aquel sin mente y sin razón, pero si damos un vuelco a la palabra y ponemos su literalidad en un primer plano, podríamos decir que la persona demente vive en la mente, vive en la razón, y vive sabiendo precisamente lo que quiere. Rudolf Wittkower, escribe que esta demencia en el artista, es entendida no desde el punto de vista clínico, sino en un sentido más amplio que hace referencia a una inestabilidad emocional y a un cierto comportamiento inconforme.[4] Paul Gauguin sabía exactamente lo que quería, deseaba viajar a los Mares del Sur, quería encontrar una manera de pintar distinta a la de sus compatriotas en Francia, aspiraba a vivir su aventura, su pasión, su acto de pintar y su momento, y más que nada quería vivir en el arte y para el arte.

En el caso de este artista, ser salvaje lo llevó a ser tildado de loco, tanto por los parisinos quienes veían al francés convertido en bárbaro, como por los tahitianos que lo veían como blanco convertido en demonio. Prueba de su ímpetu y su valor es que hoy aun lo tenemos como aquel hombre que se atrevió a cambiar el rumbo de su vida, podríamos estar completamente de acuerdo con él y seguir llamándolo salvaje, bestial o desequilibrado. Pero si la locura es seguir los sueños, ojala todos los artistas estuviéramos dementes.


[1] “I shall soon know whether it was an act of lunacy to go to Tahiti.” Gauguin, Paul. Letters to his wife and friends. MFA Publications. Boston, 2003. Pg. 187. (Traducción mía)
[2] “You were mistaken in saying that I was wrong to call myself a savage. This is nevertheless true: I am a savage.” Gauguin, Paul. Letters to his wife and friends. MFA Publications. Boston, 2003. Pg. 240. (Traducción mía)
[3] Argullol, Rafael. 2004. Pg. 75
[4] Wittkower, Rudolf. Individualism in art and artists: a Renaissance problem. Journal of the History of Ideas, Vol. 22, No. 3. (Jul.-Sept., 1961) Pg. 291-302

Publicado en: Revista Demente. Bogotá, Colombia. Noviembre de 2006